Revista

Después de la tormenta, la calma, marzo/abril 2014

Una mujer se recupera y recuerda cómo era su vida antes

Para mí no ha sido fácil aceptar que soy una enferma, alcohólica e ingobernable.

Buscando una solución a lo que yo creía era mi problema, las adicciones de mi pareja, fui a una junta de Narcóticos Anónimos en inglés.

Yo estaba segura que si ella dejaba de drogarse yo sería feliz y no habrían más conflictos. Después de esa junta ella no quiso regresar. Los últimos meses de nuestra relación fueron un infierno, en una ocasión, después que yo le había echado una cerveza encima, me amenazó de muerte con una navaja.

Mi trabajo en un restaurante era un escape. Allí, antes de cerrar, empezaba la fiesta con cerveza y vinos que nos regalaba el dueño.

Después de cerrar visitábamos otros restaurantes a continuar bebiendo y charlando. Yo llegaba tarde a casa, aunque a veces mi pareja también nos acompañaba. Estuve así por casi un mes sin comer y tomando café, cerveza y vino. Hasta que tuve una psicosis alcohólica y terminé en un psiquiátrico deshidratada, malnutrida y con fuertes delirios de persecución.

Ese día cuando llegaron los bomberos, la ambulancia y las patrullas de la policía, mi hija de ocho años entró en un estado de pánico y no pudo recordar los teléfonos de los miembros de mi familia. La ciudad entonces la trasladó a un albergue para niños. El proceso de reunificación familiar duró un año.

A mi trabajadora social le confesé que había dejado de tomar los psicotrópicos para seguir bebiendo alcohol. En la siguiente cita con la corte, la juez me envió a Alcohólicos Anónimos y eso me puso furiosa, como un león enjaulado.

Durante dos semanas asistí a las juntas diarias, pero volví a beber. En la siguente visita a la corte me presenté sin pruebas de haber asistido a las juntas de AA. La juez se enojó y me dio dos horas para abandonar la casa de mi hermana donde me habían permitido vivir, bajo supervisión, junto a mi hija. Tenía que ir a las juntas y conseguir una madrina de inmediato.

Me fui a vivir con unos amigos donde cada fin de semana era fiesta, pero me mantuve sobria asistiendo a mis juntas. Después de cuatro meses no quise escuchar las sugerencias de nuestro programa y me enredé con un compañero que tenía más tiempo que yo. Al año tuve otra niña que consideré como un regalo de mi sobriedad.

A los pocos meses el estado me había devuelto a mi hija mayor y al mismo tiempo me ayudaron a conseguir vivienda detrás del club donde asistía a mis juntas. Conseguí trabajo, pero desafortunadamente, sintiendo que yo podía sola, dejé de asistir al grupo.

En poco tiempo ya estaba yo con el vaso de tequila en los labios. Quise regresar a mi grupo pero primero decidí festejar mi cumpleaños como era debido, con mariachi y una buena borrachera. La celebración sería con cerveza y tequila ya que me identificaba con una canción que dice que “me bautizaron con un trago de tequila”. Según cuenta mi madre, mis primeros pasos fueron hacia atrás pues me habían dado cerveza en el biberón.

Esa gran fiesta con mariachi nunca sucedió pues me ganaron los delirios y ataques de pánico, después de haber estado dos años sobria o mejor dicho borracha en seco, tenía baja tolerancia al alcohol. Yo no llevaba un apadrinamiento formal ni un buen compromiso de practicar los Doce Pasos.

Asi fue como llegué a mi grupo actual, donde se trabaja con respeto, autodisciplina, y apadrinamiento formal, además de la práctica diaria de nuestros tres legados: recuperación, unidad y servicio. En el grupo recibo mucho amor adulto y ayuda de buena voluntad para desinflar mi ego. He aprendido a trabajar con mi propia experiencia y no las de mis parejas o familia y he aceptado que sufro una enfermedad, pero también he aprendido que, a través de los Doce Pasos, existe una solución.

Desde niña fui hipersensible con depresiones, miedos y frustraciones, con el alcohol aprendí que podía soltarme y sentirme libre. A los once años tuve mi primera borrachera. A los trece me fui a vivir con el papá de mi primera hija. Llevé una vida de violencia y maltratos que aliviaba con alcohol.

Decidí separarme cuando nació mi hija y confundí la libertad con libertinaje ya que empecé a salir a diferentes antros cuando conocí al que fue mi marido, yo trabajaba de coctelera. La mayor parte del tiempo mi hija, entonces pequeña, estaba al cuidado de mi madre o de mis hermanas, que, gracias a Dios, me tuvieron mucha tolerancia.

Alrededor de los veintitrés empecé a tener relaciones con mujeres, decepcionando así a mi pareja a quien tanto quería y quien perdí por el alcohol y mi vida ingobernable. Mi ex pareja para quien yo buscaba ayuda, se quitó la vida hace alrededor de cinco años. ¡Cómo quisiera yo que se hubiera apegado a un grupo! El día de hoy la extraño mucho, pero gracias a mi apadrinamiento me doy cuenta de que no soy Dios y algunas personas tienen que tocar fondos más bajos para que otros nos quedemos. Hoy mi hija mayor está agradecida porque su madre sigue en Alcohólicos Anónimos. Y con mi hija más pequeña vivo una vida más serena.

—Verónica F., San José, California