Revista

El sano juicio

Tuvo que probar una vez más y casi muere en el intento

Mi historia tal vez se parezca a muchas otras historias de mujeres alcohólicas, sucede mucho entre nosotros, y le llamamos identificación. Soy la menor de cuatro hermanas, pero en algún momento me sentí como la mayor, no viví la niñez que debería haber vivido en circunstancias normales. Mis padres se separaron cuando yo era muy pequeña. A consecuencia de esta separación, debían dejarme en uno y otro lugar para que me cuidaran, en uno de esos tantos lugares sufrí una violación.

Mi madre era muy dependiente de mi padre, quién también es un alcohólico; sus borracheras constantes no la dejaban tranquila y pese a ya haberse separado, él seguía buscándonos y haciendo problemas en todos los lugares en los que vivimos, mi madre no pudo más y nos fuimos a vivir a otra ciudad.

A partir de entonces perdí la figura paterna, pero como mi madre trabajaba todo el tiempo para darnos a mis hermanas y a mí todo lo que necesitábamos, casi nunca estaba con nosotras. Por esto desarrollé un gran resentimiento hacia ella.

A corta edad tuve que adquirir responsabilidades que no me correspondían y, desde entonces, empecé a gobernar mi vida, me gustaba destacarme en todas las actividades que realizaba y lo logré, fui una alumna ejemplar, hasta que conocí el alcohol.

La primera vez que bebí tan sólo tenía diez años, recuerdo que tomé unas cuantas cervezas con mis primos, por curiosidad. Aunque tenía cierto resentimiento hacia el alcohol por las constantes borracheras de mi padre, me gustó el efecto que el alcohol producía en mí.

No volví a beber hasta los catorce años, creo que empecé a hacerlo para llamar la atención de mi familia, ya que prácticamente vivía sola. Mis hermanas ya habían formado sus hogares y en casa nunca había nadie más que yo. Me enfermaba todo el tiempo y bebía cada vez más.

No era difícil, yo era libre y la mejor opción era divertirme y seguir con mis constantes borracheras, bebía donde podía, bares, plazas, parques o llevaba amigos a mi casa.

Terminé mis estudios y comencé a trabajar, lo que me permitió pagar mis borracheras. No sé en qué momento perdí el control, no disfrutaba ni un solo fin de semana, porque me la pasaba bebiendo y luego intentaba dormir para poder retomar mi trabajo, pero la depresión, el malestar y la desesperación que sentía, no me permitían hacerlo.

Pensaba que el hecho de llegar a trabajar desarreglada y con la misma ropa del día anterior me hacía responsable, ya que no faltaba al trabajo. En algún momento esa responsabilidad distorsionada también desapareció, lo único que manejaba mi vida era el alcohol. Perdí todo respeto hacia mi familia y para qué contar las veces que no llegué a casa.

Mis lagunas mentales eran cada vez más prolongadas, cada borrachera tenía un fondo más profundo, eso no me gustaba, pero unos días bastaban para olvidar la humillación y el sufrimiento de apenas un fin de semana antes, y como si nada hubiese pasado, volvía a beber.

Me di cuenta de que no podía seguir así, si lo hacía, probablemente encontraría un final amargo.

Llegué a mi primera reunión de AA tras una borrachera de cinco días que me dejó en el hospital, se me asignó una madrina y estuve bien por un corto tiempo, pero volví a beber.

No entendía por qué no podía afrontar mis problemas con sobriedad como lo hacían mis compañeros de AA. Estuve así por casi dos años, entrando y saliendo de la comunidad. Cambié de grupo, cambié de padrino, pero nada funcionaba, no había solución para mí.

Ahora entiendo que Alcohólicos Anónimos sí funciona. El problema era yo. No aceptaba mi enfermedad y no estaba dispuesta a dejar mi vida al cuidado de un Poder Superior a mí misma. No podía practicar la honestidad, ni la humildad, ni mucho menos la obediencia, y eso era lo único que necesitaba para empezar a trabajar el programa. Además, creía que era muy joven para ser alcohólica, que todavía tenía mucho por vivir y disfrutar con el alcohol, ese prejuicio fue devastador.

El alcohol me traía cada vez más sufrimiento, no puedo explicar el dolor que muchas veces sentí al despertar después de una laguna mental, en lugares desconocidos y con personas extrañas. Perdí toda mi dignidad como mujer, pero eso no fue suficiente, continuaba queriendo controlar mi forma de beber, creía que algún día podría hacerlo sola. Puedo asegurar que nunca pude hacerlo, “una vez alcohólica, alcohólica para siempre”.

Me alejé de la comunidad por algún tiempo, seguí bebiendo y cada vez cargaba con más fondos hasta que tuve mi última borrachera. Desperté en una casa desconocida, en un lugar muy apartado de la ciudad, logré verme en un espejo y vi que tenía maltratado casi todo el cuerpo, no sabía dónde estaba ni lo que había sucedido, lo único que recordaba era la noche anterior. Estaba sola, me vestí y quise salir pero me di cuenta que la casa estaba cerrada, gracias a Dios pude escapar antes de que algo peor sucediera.

Hasta el día de hoy no se qué pasó allí, ni sé quién es la persona que estuvo allí conmigo, sólo estoy agradecida inmensamente a Dios por estar viva. Esto fue lo que me llevó a derrotarme totalmente ante el alcohol, no podía seguir, estaba a punto de perder mi trabajo y también mi hogar.

Me rendí por completo y acepté que no podía sola, que necesitaba ayuda y volví a mi grupo de AA. Empecé desde cero, asistí a todas mis reuniones durante tres meses, escuchando con atención las experiencias de recuperación de mis compañeros, como me lo había sugerido mi padrino.

Permanecer en silencio significó sacrificio y fortaleza. Me reunía con mi padrino una vez a la semana, leí la literatura y pronto pude servir en mi grupo. Empecé a practicar mi plan de recuperación, trabajando los Pasos. Admití que era alcohólica y que mi vida era ingobernable, logré tener algo de sano juicio a través del contacto consciente que adquirí con un Poder Superior a mí misma, que es Dios como yo lo concibo, y pude dejar mi vida y mi voluntad al cuidado de ese Poder Superior.

Empecé a escribir un Cuarto Paso con toda humildad y honestidad y en un Quinto Paso lo pude compartir con mi padrino, empezando a ser honesta ante Dios y ante otra persona. Estuve dispuesta a dejar que Dios me liberara de todos esos defectos encontrados y se lo pedí humildemente a través de la oración. Escribí una lista de todas aquellas personas a las cuales ofendí o hice daño. Hice reparaciones con mi familia y también algunas reparaciones indirectas. Hoy en día continúo haciendo un inventario personal tratando siempre de que esté guiado hacia la voluntad de Dios.

Me guío a través de la oración y la meditación para poder dejar que Dios haga su voluntad en mi vida y, por último, estoy esperando la posibilidad de ser madrina de otra alcohólica o alcohólico. Mientras tanto sigo sirviendo en mi grupo para que sus puertas siempre se mantengan abiertas y podamos llevar el mensaje a otros alcohólicos que aún están sufriendo.

Estoy agradecida por todo lo que recuperé y lo que tengo. Gracias a la comunidad de AA, he llegado a trabajar muchos resentimientos que me consumían desde mi niñez, ahora tengo una buena relación con mi familia y soy útil en mi trabajo, pero nunca me olvido de mi prioridad que es la comunidad de Alcohólicos Anónimos.

Tengo veinte años de edad y estoy a pocos meses de cumplir mi primer aniversario, el trabajo constante con los principios de AA ha producido, hace un tiempo, el primer milagro en mí, Dios me ha liberado de esa obsesión por la bebida y ahora trabajo cada veinticuatro horas con la naturaleza exacta de mi enfermedad.

Puedo asegurarles que, pese a todos los problemas que puedan aquejarme, vivo una vida feliz, tengo a Dios a mi lado, puedo contar siempre con mi padrino y mis compañeros de AA y no cambiaría absolutamente nada de lo que hoy tengo, por mi mejor borrachera.

Isabel B.

La Paz, Bolivia