Revista

De la revista Julio 2014.

La segunda oportunidad

En la cárcel aprende a perdonarse y a perdonar, junto a otros alcohólicos

Empecé a tomar a la edad de nueve años. Yo nací huérfano de padre y madre. Me crié con una tía y su esposo, quién me golpeaba por cualquier motivo. En la escuela yo era motivo de burlas por no tener quien me defendiera. Crecí en la pobreza y con golpes, y eso me marcó emocionalmente.

Crecí con toda clase de complejos y eso me llevó a usar una “válvula” de escape, el alcohol. En mi tierra, Honduras, hay una clase de licor que se llama caña brava, algo parecido al aguardiente, cuando lo tomaba sentía ese alivio temporal de todos mis males. Esa sensación me ayudaba a liberarme de mis inhibiciones y a olvidarme de mis problemas, sin saber que esta poderosa adicción me sometería. Me sentía bien con el efecto y me metía en otro mundo, donde el dolor era engañosamente más soportable. El dolor de nacer huérfano no es nada deseable, pero no tiene uno porque avergonzarse por ello. La vergüenza es emborracharse y no saber qué hiciste el día anterior.

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