Revista

Julio/agosto 2013: Mirando el ganado

Del campo a la ciudad, del sufrimiento a la sobriedad

Nací en un hogar muy pobre y empecé a trabajar a los nueve años de edad. Le pedí a mi madre que dejara a mi papá porque la maltrataba mucho y yo ya me sentía capaz de mantenerla. Mi madre me contestó, “no sabes lo que dices”. Así transcurrió el tiempo y más me daba cuenta yo que no valía la pena vivir con mi papá, ni seguir su ejemplo, “yo no voy a ser como él” me decía a mí mismo, a los once años de edad.

En el trabajo, mi patrón me mandaba a traer una botella de licor y nos íbamos al campo a ver el ganado, ahí nos sentábamos, él se servía una copa y a mí me daba en el tapón de la botella. Con cada trago brindaba alzando su copa mientras decía “salud”. De tapón en tapón por mi estómago subía el calor y una sensación de alegría. Me sentía contento, ¡cómo me gustaba andar con mi patrón!

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