Revista

De la edición de Enero-Febrero 2019.

Una silla para mí

Empieza una aventura desconocida, con miedo, pero dispuesto a seguir

Hace poco más de tres años comencé un camino de Doce Pasos, sin tener demasiado claro dónde me llevaría. Únicamente sabía que no podía continuar así, que mis conversaciones con la botella habían terminado, que ya no disponía siquiera de un gramo de energía para enfrentarme al espejo cada mañana. Perdido, hundido, triste, derrotado, solo, avergonzado. Así me acerqué, sin saber cómo ni por qué, a la comunidad de Alcohólicos Anónimos. 

Una voz amable me recibió al otro lado del teléfono, encontré una cara seria y serena tras un café y descubrí una mesa amplia en la que había una silla para mí. Una silla que parecía estar esperándome, con una ligera cojera y el respaldo un poco torcido, pero es la que aún busco en días en los que las cosas no van demasiado bien. 

De repente hablaron los compañeros, uno a uno, y sus experiencias viajaban de corazón a corazón, sin intermediarios, rompiendo barreras, saltando diques de contención, y con un lenguaje que yo entendía a la perfección. Nunca me habían hablado tan claro, unos “desconocidos” me mostraron que había esperanza. Tuve que aprender a caminar porque lo había olvidado, con pasos titubeantes, cortos y con tropezones. Tras cada caída un compañero giraba su cabeza y me regalaba una sonrisa y un simple ¿vienes?. 

El primer paseo por las calles, sobrio, me aturdió. Las cosas, las personas tenían otro aspecto, como si de repente algo de luz hubiese iluminado mi vida. Mis vecinos existían, los compañeros de trabajo no eran tan desagradables, la familia, hasta contaba algún chiste gracioso de vez en cuando. Y yo ya no quiero parar, ahora sé que necesito dar Doce Pasos una y otra vez. Que uniéndolos cada día hasta puede que llegue lejos, y me acerque a la serenidad, aunque sé que no es fácil. 

Hace poco, por primera vez, estuve con un compañero poniendo carteles para una información pública. Sentí vergüenza, miedo y la tentación de no acudir a la cita. Mi corazón se aceleró, mi respiración también, y de repente comencé a ver caras conocidas por todos lados. Tuve que respirar hondo, pensar que el regalo que un día me ofrecieron no podía dejar de fluir. Que no tenemos otra misión que la de pasar el mensaje, y que en ello nos va la vida. En el centro de salud me encontré con la madre de una compañera de colegio de mi hija, frases cortas y un poco de vergüenza. También en una farmacia con un vecino, entre saludos, una sonrisa, y una frase de ánimo disimulada. 

Esa noche le di gracias a mis compañeros, al grupo, a la Comunidad, al Poder Superior, y dormí sonriendo. Porque aunque de vez en cuando, aún tengo una borrachera seca, sé que en cientos de mesas hay una silla para mí, y en cada reunión que voy cuido de que haya una silla vacía, un vaso con café y una sonrisa en el corazón para la persona que está a punto de abrir la puerta.

 

 

-- Jesús

España