Revista

De la edición de Septiembre-Octubre 1999.

¿De qué color es tu sobriedad?

Cuando tenía tres meses de estar sobria, después de luchar por mucho tiempo con el alcoholismo, el estrés y la tensión en mi casa eran inaguantables. Temía fracasar en mi matrimonio y perder mi casa, mi seguridad, pero estaba dispuesta a hacer todo lo que fuera necesario para mantenerme sobria. Todavía tenía a mi esposo, con quien había estado casada quince años, y dos niños de seis y nueve años, pero el silencio de mi esposo y el distanciamiento que sentía de mis seres más queridos eran horribles. Todavía no sabía si la recuperación que era tan buena para mí sería en últimas buena para ellos. 

Estaba terminando de asistir a noventa reuniones en noventa días, e iba rumbo a una reunión de mujeres y quería que mi familia me apoyara a encontrar lo que llamamos recuperación. Me sentí culpable de salir de casa esa noche después de lavar los platos sucios de la cena. Los chicos me tiraban de la manga para que jugara con ellos, les leyera una historia, o cualquier cosa con tal de que no los dejara solos. Entonces me los imaginaba con mi esposo viendo televisión en un estado comatoso Yo quería que ellos conocieran el amor que yo sentía en las reuniones, escucharan cómo compartíamos honestamente nuestras experiencias, que experimentaran lo que sienten las familias unidas. Mi esposo no creía que yo era alcohólica; creía que bebía demasiado y que si no bebiera tanto iba a estar bien. Todavía no entendía el alcoholismo. No quería saber nada acerca de Al-Anon o leer panfletos sobre los cónyuges. Su rechazo era profundo. 

-- Sharon K.

St. Louis, Missouri

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