Revista

De la edición de Marzo-Abril 1998.

'Hazme invisible'

Unos cuantos meses después de haber salido del centro de rehabilitación, era una novicia en la sobriedad y estaba en el proceso de regresar a vivir en la comunidad donde mi carrera de treinta años de borracha había alcanzado su apogeo. El miedo era mi compañero constante — miedo de pasar por los antros que en una época me habían servido de escape del mundo de la realidad. Tampoco me abandonaba el miedo de estar sola porque en el pasado había escogido no asociarme con nadie que no bebiera como yo y, por eso, no conocía a nadie más en el pueblo donde vivía. Mi mayor temor era encontrarme con alguien que conociera, pues no sabía si iba a tener la fortaleza para no aceptar tomarnos un trago cuando me invitaran a celebrar los viejos tiempos. 

Mi mejor día sobria fue el día en que se hizo realidad mi mayor temor. Después de tres semanas de estar viviendo de una manera agorafóbica, la necesidad me forzó a ir de compras al pueblo. Inspeccioné cada pasillo antes de coger con rapidez los artículos que necesitaba. Finalmente había terminado la más aterradora excursión de compras de mi vida y, cautelosamente, me dirigía a pagar en la caja, cuando pensé me iba a morir del susto. Plantado en la única salida de la tienda se encontraba mi viejo amigo John, el mejor compañero de parrandas que había tenido y la única persona a la que no le podía decir que no si me ofrecía un trago. 

-- Stella B.

East Helena, Montana

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