Revista

De la edición de Mayo-Junio 1998.

“¡Cumpliste la promesa!”

Trabajo el turno nocturno en el centro de rehabilitación local. Es un trabajo tranquilo y relajado sin mucho que hacer, y hay ocasiones cuando deseo que suceda algo aunque sólo sea para romper la rutina. Eso fue lo que ocurrió una noche. 

Un antiguo residente, hecho una cuba, llamó a las dos a.m. Lo habían dado de alta la semana anterior. Me dijo que siempre me había respetado y deseaba poder tener lo que yo tenía. Continuó cambiando el tema, pero finalmente me dijo algo que me dejó frío: "Tengo una pistola. No puedo seguir viviendo así." Recordé cómo me había sentido de la misma manera antes de que dejara de beber. Recuerdo haber estado, y haberme sentido, así desesperado. Intenté hacerlo recapacitar pero no surtió efecto en absoluto. Todo lo que podía hacer era compartir con él lo que AA me había dado, contarle cómo había mejorado radicalmente mi vida. Al rato de estar hablando me dijo que tenía que ir a buscar algo de beber y que me volvería a llamar. Hice que me prometiera que lo haría. 

-- James A.

Eau Claire, Wisconsin

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