Revista

De la edición de Enero-Febrero 1997.

El camino (rocoso) del destino feliz

Tenía unos cuantos meses de sobriedad cuando creí que había ocurrido un desastre. Era la primera vez que vivía sola. Había abandonado un esposo abusivo y alcohólico y a mis hijos alcohólicos. Todos los días llamaba a mi madrina pues tenía dificultades para dejar el trago y los tranquilizantes. No sabía cómo manejar las situaciones cotidianas. Mi madrina me escuchó, me dio consejos para los Pasos Uno y Dos, y me dijo que le rezara a mi Poder Superior. No le dije sino hasta mucho tiempo después que ella había sido mi Poder Superior.

Ese día en particular mi sindicato estaba en huelga, tenía que pagar el alquiler y casi no había nada de comer en el apartamento. Llamé a mi madrina para contarle mi historia trágica y ¡quién lo hubiera dicho! me respondió el contestador automático. Varias veces ese día, y el siguiente, seguí tratando de localizarla. Llamé a otras personas pero nadie parecía estar en casa. Aunque la verdad sea dicha no puse mucho empeño en ello. Me sentí totalmente sola y abandonada y llena de autocompasión. No había nadie allí que me ayudara.

-- Anónimo

Collinsville, Illinois

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