Revista

De la edición de Enero-Febrero 1998.

Todos vestidas de blanco menos la novia

Durante mi quinto año de sobriedad, me deprimí mucho. Me sentí como si estuviese en un callejón sin salida. Todavía estaba haciendo las mismas cosas que siempre había hecho — iba a muchas reuniones, apadrinaba mujeres, trabajaba con mi madrina — pero sentía que nada marchaba bien. Lo traje a colación en las reuniones y hablé al respecto con algunas personas. Descubrí que mucha gente parece pasar por períodos así. Me hicieron muchas sugerencias, pero la que escuché con más frecuencia fue, “¡Trabaja con los otros!”

No recuerdo cómo llegué a mi primera reunión del Comité de Servicios Correccionales pero sé que mi Poder Superior tuvo que ver algo con ello. Había tenido varios encontrones con la ley durante mis días de borracha, pero el castigo más severo había sido unos cuantos meses en la cárcel del condado, o libertad condicional. Nunca había estado en una prisión, pero siempre sentí una afinidad con aquéllos que habían estado porque yo sabía bien que era sólo gracias a Dios que no era uno de ellos.

-- Syd T.

San Antonio, Texas

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