Revista

De la edición de Marzo-Abril 1997.

Apartado 1980

Estaba listo para recibir el mensaje
Mi padre era alcohólico. Mi abuelo y mi tío también lo fueron. Me hizo daño verlos caer material y espiritualmente. Como todos los predispuestos, pensé: “Tal vez tenga mejor suerte.” Probé el trago y me gustó. Siempre quería más. Bebía hasta llenarme o hasta que se terminara el dinero. Disfruté de la bebida hasta donde me fue posible. 

A lo largo de mi alcoholismo viví experiencias cada vez más desagradables y difíciles, hasta que tuve la que precedió a mi llegada a AA. Era el primer domingo de octubre de 1989. De mi lugar de origen salía una peregrinación religiosa que pasaría por las rancherías en las que acostumbraba beber. Pensé beber unas cuantas cervezas antes de regresar a comer a mi casa. Como tantas otras veces, me senté a tomar hasta emborracharme. Como otras veces, entré en una laguna mental. Pero esta vez me desperté muy asustado pues estaba oscuro. Eran como las 10 de la noche. Había poca gente en la calle. Me encontraba entre unas piedras cubierto de espinas, con las manos en la cara. Sangraba mucho de una herida en la cabeza. En la mano derecha tenía dos dedos aplastados. 

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