Marzo/Abril 2008:
- Médico: existe una cura milagrosa
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Historia de un médico alcohólico
Médico: existe una cura milagrosa
Mi nombre es Mario S. Nací en la ciudad de Mérida, Yucatán, hijo natural de una humilde mujer joven. Viví toda mi infancia con mucha pobreza pero rodeado de mucho amor por parte de
mi querida madre y de mi abuelita materna, que me dieron toda su vida hasta su muerte. Fui el primer hijo y el más amado por mi madre, hijo de un padre egoísta, que abandonó a mi
madre al verla embarazada. Fui muy enfermizo y por ese motivo, y también por dificultades económicas, no ingresé a la primaria hasta los 8 años.
Siendo muy niño mi madre se unió a mi padrastro procreando 5 hijos. Padrastro alcohólico, que le dio a mi madre mucha angustia y múltiples problemas durante más de 15 años con
riñas todos los días hasta que, finalmente, estando delicado de salud, dejó de beber. Pese a todo ello, fue un buen padre para mí, nunca recibiendo malos tratos, ni de palabra, y
ayudándome en mis necesidades. Pese a sentir en carne propia las consecuencias desastrosas del alcoholismo, no solamente en mi padrastro, sino en varios familiares cercanos míos,
no fue impedimento para, años más tarde, sufrir yo mismo esta terrible enfermedad, haciendo sufrir a todos los que me rodeaban; enfermedad del cuerpo, mente y alma que lentamente
da muerte al individuo.
Por exigencias de mi madre, recibí una educación de muy buena calidad y fui un excelente estudiante. Fue a finales de la preparatoria cuando tomé mis primeros tragos en las
fiestas familiares que me invitaban; en todas recuerdo que bebía con avidez, eufórico, comía y continuaba bebiendo hasta quedar completamente borracho. De naturaleza rebelde, no
experimentaba amor por mis seres queridos, tenía un egoísmo acentuado, así como dificultad para las relaciones sociales, sobre todo con mujeres. Desde muy niño me aficioné a los
juegos sexuales con niñas mayores y con la edad tenía una marcada hiper-sexualidad acudiendo a prostitutas y homosexuales.
Empecé mis estudios de medicina y éstos se caracterizaron siempre por tener periodos de dedicación y buen rendimiento, intercalados con periodos de consumo de alcohol y drogas
que traían consecuencias desastrosas en mis estudios. En el segundo año de medicina, recuerdo que era el alumno más distinguido de la Cátedra de Fisiología, y un compañero de
estudios que ingería anfetaminas me invitó a drogarme, a la cual accedí con gusto, pero a la larga con consecuencias desastrosas para mi rendimiento: en la facultad, padeciendo
insomnio, marcada irritabilidad y pérdida de memoria tardía, lo cual me ocasionó un bajísimo rendimiento en mis estudios.
Debido a mi terquedad y continua rebeldía, mi madre decidió expulsarme del hogar cuando entraba al cuarto año de medicina. Estuve viviendo en casa de amigos y hospitales donde
conseguía trabajo y comida. Pero siempre repetía el mismo círculo de periodos de buen desempeño, pero interrumpidos por el consumo exagerado de alcohol y marcados por mi
irresponsabilidad; participaba en borracheras y frecuentaba prostitutas y manejaba mi motocicleta en estado de embriaguez en la cual tuve varios accidentes sobornando a las
autoridades para no ir a la cárcel. Todo mi salario lo derrochaba, no solamente no haciendo buen uso del mismo, sino que gran parte me servía para las borracheras y prostitutas.
Mi madre y mi abuela siempre me recriminaban por mi conducta alcohólica, pero yo no prestaba ninguna atención a sus consejos. A finales de 1968 me enamoré y me hice novio de una
linda joven cuyo padre era alcohólico crónico viviendo sólo para beber. Su hermano mayor la rescató de la vida miserable con su padre y junto con sus demás hermanos se fueron
a vivir con su madre en un lugar aparte. En varias ocasiones, para tristeza de ella, di muestras de mi alcoholismo, yendo a su casa ebrio. A patadas intenté, en una ocasión,
penetrar, no consiguiéndolo porque los vecinos alertaron a la policía pero yo me di a la fuga. Ésta y otras acciones alertaron a su madre para que a la larga su hija me cambiase
por otro que no sufriese como yo de alcoholismo.
En el año 1969-70 me tocó un año de servicio social rural. Lo fui a hacer a una pequeña población muy pobre situada aproximadamente a 80-90 kms al suroeste de mi ciudad natal;
población que no solamente carecía de adecuadas vías de comunicación, sino también de servicios esenciales como agua potable y servicio sanitario. El servicio médico local
no tenía medicamentos ni equipo médico de ninguna clase. Había una alta prevalencia de todo tipo de enfermedades derivadas de la pobreza, encabezando la lista la tuberculosis
pulmonar. No hice ningún tipo de reporte a las autoridades, lo cual era necesario para tener provisiones en el lugar de trabajo. Esto tuvo efectos más tarde, pues se suscitó una
muerte de un campesino mordido por una víbora ya que no existía, por mi irresponsabilidad, ningún medicamento antiviperino, necesario para evitar muertes por picadura de ofidios
venenosos muy comunes en aquella región. Con mucha tristeza me acuerdo de ese año, uno lleno de amargura y dolor especialmente para mi abuela materna que me acompañaba, anciana
enferma a la cual no prestaba ninguna atención, y menos a los pacientes que de mal humor tenía que atender 3 ó 4 horas que me parecían el doble. Al mediodía comía y tomaba una
siesta de 2 ó 3 horas. Siendo las 18 ó 19 horas le decía a mi abuelita que no quería ser molestado; comenzaba a beber y ponía mis discos preferidos para que mi mente soñara
olvidándome de las tristezas hasta la 1 ó 2 de la mañana todos los días. En varias ocasiones fueron a buscarme para atender pacientes con alguna emergencia médica, y yo no despertaba,
pese a los ruegos e insistencia de mi abuelita. Sin querer las lágrimas brotan, motivadas por el dolor de profundo arrepentimiento que estas malas acciones, y otras peores aún, que
cometí durante mi alcoholismo: cruel enfermedad que destroza al individuo y lo hace despreciable para la sociedad.
Cada fin de semana, me ausentaba de la población, no importándome dejar sola a mi abuelita. Cada quincena, iba a cobrar mi salario a una población cercana. Inmediatamente me iba
a los prostíbulos y cantinas, derrochando todo mi salario. Esta vida miserable se prolongó durante varios meses. Únicamente faltando 2 meses para terminar el año, dejé de beber
debido a mi premura por elaborar mi tesis de recepción para conseguir mi título de médico general.
Al año siguiente me fui a trabajar a una isla del vecino estado. La primera persona que conocí, gracias a las referencias que me dio un pasajero del autobús en que viajaba, que
me dijo que en aquel lugar vivía un paisano mío, joven gerente de una farmacia, persona de buen trato y conocido por su amor al prójimo. Se llamaba Álvaro L. Tiempo después se
convirtió en mi mejor amigo y luego supe que pertenecía a una sociedad llamada Alcohólicos Anónimos.
Me presenté con él e inmediatamente me ayudó a establecerme en la ciudad. Empecé a trabajar, teniendo al principio bastante clientela. Mi amigo Álvaro me ayudó y además conseguí
un empleo como médico municipal. Pero al poco tiempo continué con mi rutina de beber y pagar prostitutas. Me compré un auto y con la ayuda de mi amigo Álvaro aprendí a manejar.
En muchas ocasiones manejaba en estado de ebriedad a otros estados. No estudiaba, no prestaba atención a mis pacientes. Todos los lunes abría tarde y tampoco hacía caso a las
dolencias y quejas de mi abuela materna, que insistió desde el principio en acompañarme, recibiendo sólo regaños de mi parte. Todo mi dinero lo mal gastaba; al poco tiempo, debido a
mis ausencias, me despidieron de mi puesto médico municipal y empezó a bajar mi clientela, sobre todo por mi mala atención a mis pacientes, y a que con frecuencia las prostitutas
iban a mi consultorio a gritar y pelear conmigo porque muchas veces no les pagaba.
En varias ocasiones fui golpeado por manejar en estado de ebriedad, tenía que pagar fuertes multas para no ir a la cárcel por conducir ebrio. En una ocasión, de la golpiza que
recibí me llevaron al hospital y al otro día mi amigo Álvaro fue a visitarme invitándome a una reunión de AA, negándome a asistir. Ahora me doy cuenta que en la mayor parte de los
casos de alcoholismo el último en darse cuenta de la situación caótica en que se encuentra es el individuo que padece esta enfermedad.
Antes del año tuve que retirarme de la ciudad por estar ya sin clientela. Por sugerencia de mi amigo Álvaro me fui al año siguiente a la capital del país para hacer una especialidad. Conseguí entrar a un gran hospital en donde permanecí tres años.
El primer año no bebí debido al trabajo excesivo. El segundo año fue el año más severo de alcoholismo. Todos los días bebía desde la 7 ó 8 de la noche hasta las 4 ó 5 de la
mañana; en la madrugada me ponía a patear las puertas gritando y pidiendo licor. No dejaba descansar a mis compañeros; mucho me soportaron hasta que después de 8 ó 9 meses, hartos
de mi conducta, un grupo fue a quejarse con las autoridades médicas del hospital, las cuales ordenaron mi expulsión. Mis 2 únicos amigos intercedieron por mí, ordenando suspender
temporalmente la orden con la condición de que ya no causara más problemas ni continuase bebiendo. Mis amigos me llevaron a un psicólogo y después a un psiquiatra de reconocido
prestigio, el cual me diagnosticó neurosis severa, tratándome con psicoanálisis y posteriormente con psicofármacos. No le dio importancia a mi alcoholismo. Dejé de beber y terminé
la residencia de radiología.
Luego de la residencia, comencé a trabajar en un hospital de una empresa petrolífera nacional. De 1974 a 1980 estuve abstemio; sólo bebí en dos ocasiones. Durante este periodo
contraje matrimonio con una trabajadora social del hospital, mujer con la que hasta el día de hoy vivo. Tuvimos a mi única hija, y al irme a trabajar a otro estado, viviendo solo,
caí nuevamente en el mismo círculo. No tenía amigos, frecuentaba prostitutas, tenía crisis de depresión e irritabilidad con frecuencia, tampoco me acercaba a Dios, olvidándome de
mis enseñanzas religiosas.
Ahora me doy cuenta que, debido a la negación de mi problema de alcohólico, no tenía control sobre mis emociones, tenía signos de inmadurez emocional, mal juicio, nula toma de
conciencia de mis defectos, así como alejamiento de Dios, todo ello indicando "signos de borrachera seca".
En 1980 conseguí un puesto de radiólogo, compramos una casa y viví allí con mi familia hasta 1997. Comencé a beber nuevamente, tomando algunos tragos diariamente, con borracheras
los fines de semana. Mi madre nos visitaba regularmente, me regañaba y me recriminaba mi modo de beber; ella me decía que era yo alcohólico y que debería buscar ayuda, citándome
Alcohólicos Anónimos. Esporádicamente manejaba en estado de ebriedad, pero sobornaba a los policías para no ir a la cárcel. Durante este periodo, fallece súbitamente mi madre;
una pérdida muy dolorosa para mí. Después de su muerte dejé de beber dos semanas y luego continué bebiendo haciendo caso omiso de las recomendaciones de mi madre de que debería
dejar de beber.
Un fin de semana, manejando ebrio, tuve un grave accidente automovilístico, quedando casi totalmente destruido la parte formal del vehículo pero yo sólo tuve algunas heridas de
poca importancia. Debido a que en el choque una mujer sufrió una fractura del antebrazo, se sospechó que yo manejaba ebrio y la policía me buscaba. Por fortuna (intervención divina)
en el momento del choque, un colega mío pasaba por el lugar, me recogió y me llevó al hospital. Posteriormente, ante la proximidad de los agentes policiales, me trasladó a la casa
de un amigo cerca de mi domicilio.
Pasé la noche más angustiosa de mi vida; preso de pánico y remordimiento, no pude conciliar el sueño. A la mañana siguiente, preso de angustia, resolví pedir auxilio y comprendí
que no podía tolerar más esa situación. Un vecino me condujo con un abogado que vivía cerca de mi domicilio; era miembro de AA. Él me llevó esa misma noche a mi primera junta. En
esa reunión escuché historias parecidas a la mía, mensajes de aliento, esperanza y amor hacia uno mismo y hacia los demás, sintiendo un inmenso alivio para mi mente y para mi alma
agónica.
Comprendí que había tocado fondo, dándole gracias a Dios por haberme conducido a un puerto seguro, a un programa lleno de amor y vida, eficaz contra la enfermedad del alcoholismo
una de las enfermedades que más daño causan al individuo, a la familia y a la sociedad entera. Enferma todo el cuerpo, incluyendo la mente, así como el alma humana. Es una enfermedad
cuya etiología aún no es bien conocida y por tanto está sin tratamiento.
Soy testigo de uno de los milagros –cura sobrenatural– operado por un Ser Supremo que yo llamo Dios. Dios a través de Alcohólicos Anónimos hizo el milagro, extirpando súbitamente
la obsesión por beber, restableciendo paulatinamente la mente, todo el cuerpo y el alma. Cura milagrosa no explicada aún por la medicina. Hasta el día de hoy continúo trabajando mi
programa, dando testimonio de la eficacia del programa de AA, como tantos otros seres humanos en el mundo entero.
Mario S.,
Quebec, Canadá
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