Enero / Febrero 2010

¿Yo madrina?

Una compañera reflexiona sobre el apadrinamiento

A noche una compañera de nuestro grupo me pidió ser su madrina. Sí. ¡Yo! Aunque le di mi respuesta después de unos pocos segundos, me pareció una eternidad porque miles de preguntas me vinieron a la mente: “¿Estoy capacitada para ser madrina? ¿Cómo sabré decirle las palabras adecuadas en el momento preciso? ¿Es la calidad de mi sobriedad suficiente para inspirarla a ella? ¿Qué tal si, al darle una respuesta equivocada, cometo un daño irreparable?”

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