Revista

De la edición de Enero-Febrero 2010.

¿Yo madrina?

Una compañera reflexiona sobre el apadrinamiento

A noche una compañera de nuestro grupo me pidió ser su madrina. Sí. ¡Yo! Aunque le di mi respuesta después de unos pocos segundos, me pareció una eternidad porque miles de preguntas me vinieron a la mente: “¿Estoy capacitada para ser madrina? ¿Cómo sabré decirle las palabras adecuadas en el momento preciso? ¿Es la calidad de mi sobriedad suficiente para inspirarla a ella? ¿Qué tal si, al darle una respuesta equivocada, cometo un daño irreparable?”

No soy una persona de gran profundidad y aún estoy buscando mi manera. Entonces, ¿cómo puedo tener respuestas para ella? Si algunos de los pasos me resultan difíciles de seguir, ¿no terminaremos siendo como dos ciegas tratando de guiarnos la una a la otra? A estas alturas de mi pánico, miré la expresión que tenía en la cara, una mezcla de miedo y esperanza, aunque también el aspecto perdido de alguien que inevitablemente espera un rechazo. De inmediato mi mente me transportó a la noche en la que nerviosa y desafiante me aproximé a una compañera y le pedí que fuera mi madrina. Me habían sugerido hacer el intento y sabía que necesitaba toda la ayuda que AA pudiera darme, pero sabía también que podía encontrarme con un vaso de agua fría. Después de todo, ¿quién en su sano juicio me querría apadrinar a mí? Cuando me abrazó y se sonrió, diciéndome: “Con mucho gusto”, tuve de inmediato una gran sensación de alivio y gratitud. Tomar ese incómodo paso inicial fue el inicio de una larga y muy preciada amistad.

-- C.H.

East Windsor, New Jersey

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